Vacaciones analógicas como los Maburris es más interesante y divertido.
Jugamos a más juegos, contamos historias y hacemos más tonterías.
Martín (11 años)

Hay libros que entretienen, libros que hacen pensar y libros que, casi sin darte cuenta, terminan creando momentos especiales en casa. Los Maburris en el salvaje Oeste, de Elena Abós con ilustraciones de Sara Fernández, pertenece a esa última categoría. En nuestra familia ha sido un espacio compartido de risas, conversaciones, juegos y tiempo juntos.
El libro llegó a nuestras manos como regalo de la propia autora. Tenía claro que quería leerlo en voz alta con mi hijo mayor y así fue. Empezamos a leerlo y la historia fue atrapando también al padre y, después, al pequeño de la casa. Sin planearlo, terminamos reuniéndonos alrededor del libro, esperando descubrir qué ocurriría con los Maburris. Y, sinceramente, creo que lo que provocó este libro es una de las cosas más bonitas que puede lograr una historia, convertir la lectura en un lugar de encuentro.
La premisa del libro es relativamente sencilla y sugerente: una familia decide apagar las pantallas, coger el coche y pasar unos días en un pequeño pueblo de Extremadura. Vacaciones “analógicas”, sin móviles ni dispositivos electrónicos. Pero, como suele ocurrir en las buenas aventuras, las cosas pronto se complican: un polizón inesperado, una niña desaparecida, personajes misteriosos y una sucesión de situaciones llenas de humor y tensión narrativa convierten el viaje en algo mucho más grande de lo que parecía al principio.

La novela tiene ritmo, misterio y muchísimo humor. Elena Abós maneja muy bien la tensión narrativa y consigue que cada capítulo deje ganas de seguir leyendo. Pero lo más interesante es que, bajo esa apariencia de aventura divertida, aparecen cuestiones interesantes: los secretos, la confianza, la justicia, la responsabilidad, las normas y los vínculos familiares.
Fueron en esas cuestiones y lecturas donde encontramos un espacio para la filosofía. Los Maburris en el salvaje Oeste abre preguntas que surgen de manera natural mientras lees, que invitan a detenerse y conversar.
Algunas de las cuestiones de las que conversamos fueron:
- ¿Qué cambia cuando apagamos las pantallas y hacemos una pausa?
- ¿Es justo ocultar información para proteger a alguien?
- ¿Las normas que nos ponemos nosotros mismos son más fáciles de cumplir que las que nos imponen?
- ¿Qué significa confiar en alguien que acabas de conocer?
- ¿Puede un secreto ser bueno y malo a la vez?
- ¿La aventura necesita imprevisto o puede planearse?

Lo más bonito de leer en familia es que el libro deja de ser solo una historia para convertirse en una experiencia compartida. Compartir lecturas no consiste únicamente en leer en voz alta, también es crear un espacio común donde todos participan, imaginan, preguntan, opinan y piensan juntos. Hay algo muy valioso en detener el ritmo cotidiano para reunirse alrededor de un sofá y un libro. Y esto es una de la cosas que vengo defendiendo desde hace un tiempo.
Los Maburris tuvieron también un curioso efecto espejo. La idea de las vacaciones analógicas resonó y terminamos haciendo algo parecido. “Mira, quizás no es mala idea hacer como los Maburris, mamá”, me dijo Martín, de 11 años, después del primer capítulo. Unos meses después nos fuimos un fin de semana intentando reducir las pantallas al mínimo. A pesar de que somos una familia en la que no necesitamos de lo digital a todas horas, se confirmó una vez lo que a aparece en tantos medios y en Los Maburris. Cuando desaparecen las pantallas, la atención se agrupa, las conversaciones se alargan y los juegos proliferan.
De alguna manera, el libro salió de sus páginas y entró en nuestra vida cotidiana.
También hay algo que se ha instalado definitivamente en nuestra casa y nuestros viajes en coche: el ya mítico eco borracho. Es parecido al clásico “veo veo”, pero con un giro lingüístico delirante: en lugar de describir directamente lo que ves, cambias las letras para que suene parecido sin decir exactamente lo mismo.

Por ejemplo:
Lo que hay que adivinar:
silla roja
Lo que dice el eco borracho:
“Oigo el eco borracho de una pierna rota”
El juego siempre genera alguna que otra carcajada, discusiones sobre si “realmente sonaba igual” y momentos de creatividad lingüística. Sin proponérselo, el libro termina invitando también a jugar con el lenguaje, con los sonidos y con las palabras. Filosofía del lenguaje en estado puro sin que nadie se dé cuenta.
“El cuaderno de bitácora” una invitación que hace el libro a recuperar la escritura a mano. A través de este “Diario de a bordo” compartido entre los miembros de la familia, irán anotando lo vivido durante el viaje. Considero que esta idea que aparece en el libro, en tiempo de pantallas y mensajes rápidos es una propuesta bastante atractiva. La escritura a mano invita a detenerse, recordar, recrear y dejar huella de lo vivido.
De algún modo, Los Maburris invitan también a recuperar el placer de escribir a mano y a convertir las experiencias familiares en una memoria compartida en el que no solo quedan los instantes inmortalizados. Quizás quién lea el libro también empiece su propio cuaderno de bitácora familiar.

Los personajes también son interesantes. La familia Maburris no es perfecta, y precisamente por eso resulta tan reconocible. Hay discusiones, contradicciones, complicidades y afectos reales. Los personajes secundarios también están muy bien dibujados y aportan humanidad y matices a la historia. La autora logra tocar temas complejos como la separación familiar, la confianza o los dilemas morales (un tema que también gusto mucho en casa) con naturalidad y cercanía, sin cargar las tintas ni simplificar los conflictos.
Considero que Los Maburris en el salvaje Oeste es una novela divertida, entrañable y totalmente recomendable para leer en familia. Un libro que entretiene, hace pensar y, sobre todo, reúne. Y en un momento en el que muchas veces convivimos mirando cada uno nuestra propia pantalla, encontrar una historia capaz de sentarnos juntos, hacernos reír y abrir conversaciones importantes tiene algo especialmente valioso.
Edad Recomendad: +9 años
Autora: Elena Abós
Ilustraciones: Sara Fernández
Editorial: Bookolia
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